Sobre mí

Me gusta meterme en la cama y oler a sábanas recién lavadas. A veces me quedo quieta un buen rato y escucho el silencio, me gusta como suena. No hay cosa más aburrida que tender la ropa, pero es aún peor si la lavadora está llena de calcetines minúsculos y hace un frío que pela. Me gusta abrir la ventana por la noche cuando llueve y oler a tierra recién mojada y a hierba. Odio con todas mis ganas a los payasos de Micolor. Me gusta perderme en el mar de Formentera en el mes de Mayo, sin extraños, ni motos, ni siliconas y pasarme horas debajo del agua mirando los peces. No me gusta el arroz negro ni el olor a Reflex. Me da mucho asco quitar los pelos mojados de la bañera. Hace por lo menos ocho años que no voy a la tienda que está junto a las Torres de Serrano a encapricharme del lienzo más grande y pintar un montón de flores silvestres mientras suena Tannhäuser. No me gusta la hipocresía ni la gente que se cree que los eructos son graciosos. Me encanta columpiarme en el parque cuando los niños se han marchado con las rodillas verduzcas y la camiseta gris. En la facultad, esperaba como una loca acabar el examen de procesal para tumbarme en el sofá gris de casa de mis padres y ver una de Paco Martínez Soria, cualquier cosa antes que seguir pensando. Me gusta el color verde; el de las hojas del helecho que casi nunca riego, el de algunos escarabajos y el de la botella de vino cuando se termina. Hay días en los que no me soporto. Nada mejor que el chocolate puro con almendras enteras y pan crujiente después de comer. Es repugnante sorprender a una cucaracha dentro de mi satén. Me gusta el olor de las palomitas recién hechas, porque lo del cine es secundario. Disfruto viendo cómo los niños se parten de risa, no me importa si eso implica tener que disfrazarme, pintarme como una puerta, ponerme coletas o perder mi dignidad. Me gusto y no me gusto pero eso ya depende del momento.